martes, 13 de octubre de 2009

PARA DISFRUTAR...

Un río en busca de un país
Por: Claudio Cerri

Dicen que el amanecer brasileño se hace un poco más bello cuando se acerca al San Francisco. En algunos minutos se va a saber si es verdad. Ya casi son las cinco y media y el día empieza en el puerto del pueblo bahiano de Barra, situado arriba del embalse de Sobradinho, casi a mitad del camino entre la naciente del río, en Minas, y su desembocadura, en la frontera de Sergipe con Alagoas. Una canoa se anticipa y estrena el río, en una síntesis desesperada de ruptura e integración. El remo hiere el satín dormido del agua y hace resbalar el casco de jatobá por la brecha angosta de tiempo que antecede a la mañana. Conduce la canoa el ribereño Lauro de Assis, que lleva en la proa a su compañero inseparable: Mata Grande. El flacuchento perro callejero vive en el mercado del puerto, pero llega diariamente al muelle. El encuentro entre los dos se hace a la manera de los sertanejos2 – una camaradería discreta y silenciosa que no requiere de más nada. Cuando el barquero aparece, Mata Grande ya le espera. Huele la arena, corre por todo el muelle, mea y bebe agua. Se embarca entonces sin mojarse las patas, por una plancha sobre las canoas, con la ayuda de su amigo. En tierra nadie daría nada por él. Pero a bordo, Mata Grande adquiere la imponencia de una carranca vigilante y protectora. Cuando finalmente parten, forman el cuerpo único de una apuesta que flota sobre el día, el pescado y la vida. El pescador, el perro y el río irradian esa complicidad que confronta las leyes poderosas de la fragmentación contemporánea. Juntos componen una escena referencial de fuerte cohesión simbólica, en la cual elementos como tiempo, territorio, búsqueda y pertenencia se entrelazan y dan sentido a una palabra cada vez más esquiva y que a muchos ya suena casi como un estorbo: identidad. Por más que la ignoremos, ella sigue martillando dentro de nosotros. Mata Grande y Don Lauro desaparecen en la curva de este amanecer que confirma las sospechas de predilección por el legendario río brasileño. Dejan, sin embargo, un rastro de preguntas, y son ellas las que van a puntuar el resto de nuestro viaje. ¿Existe una singularidad brasileña? ¿Cómo puede ella influir en la travesía del siglo 21? ¿En un mundo de fluidez y disolución, es posible hablar de valores colectivos? ¿Es posible vivir sin ellos? ¿Cómo es que todo esto tiene que ver con la geografía, el pueblo y la cultura de estas barrancas del río y del resto del país?
Brasil ha agotado la agenda de sus 500 años sin haber logrado renovar la percepción so-bre estos temas. No es un caso aislado. Las agendas nacionales, por lo general, se des-materializan porque el futuro se tornó una prerrogativa del mercado. La memoria – como la geografía, la cultura y hasta la población – dejó de ser interlocutora respetada del pre-sente, y por ende, del futuro. “Con la globalización – enseña el profesor Celso Furtado – el Estado nacional pierde soberanía, pero continua ejerciendo funciones administrativas, sintonizadas con la lógica financiera internacional. Es una forma de satelización. La pérdi-da de soberanía es particularmente grave en países con gran heterogeneidad social, co-mo el nuestro”. Paraibano de Pombal, Celso Furtado mira al Brasil con la autoridad pene-trante de sus ojos azules sertanejos y no esconde una cierta angustia en la voz. Él es una de las más grandes referencias en el pensamiento económico brasileño. Cumplió ochenta años en julio, con una maratón de conferencias y seminarios para retomar los términos de una discusión difícil sobre el tema de su vida: la lucha por el desarrollo. Es decir, la lucha contra del subdesarrollo brasileño. Lo sintetiza una vez más, con claridad pedagógica: “Un modelo que tiene su dinámica basada en patrones de consumo de las sociedades ricas, genera necesariamente dependencia y tensiones estructurales. Mantenerlo supone la exclusión de una mayoría, en beneficio de pocos.” Dicho en otras palabras, es una má-quina de moler esperanzas, en la cual el acelerador de la riqueza acciona el freno de la distribución. Y la internacionalización produce la concentración. Pero no es fácil encontrar alternativas. De nada sirve buscarlas en la lógica economicista, advierte Furtado, cada vez más un pensador de lo humano, cada vez menos un rehén de los números. El reto, a su entender, requiere de una revisión de valores, que enfrente la primacía del mercado y restablezca la subordinación de lo económico a su condición de medio destinado a servir a un fin primordial: la reconciliación del desarrollo con el humanismo. El fatalismo tecnológico atropella y escamotea este debate, vital para revertir una disociación cada día más tensa; descalifica la necesidad imperiosa de una redistribución del ingreso capaz de devolver un sentido de armonía a la idea de progreso, inclusive el brasileño. El precio de este estancamiento es enorme.

Brasil oficial. Uno de los rasgos característicos de la identidad brasileña es la desigual-dad. Una perversión de asimetría casi perfecta: la mitad de la riqueza (47,5%) está con-centrada en las manos de 10% de los habitantes; la mitad de los habitantes disputa el 13,5% de la riqueza. Peor que eso: La economista Tania Bacelar, de la Universidade Fe-deral de Pernambuco, estudia el núcleo duro de esta dualidad: el Nordeste. Su conclusión es que las raíces estructurales del fenómeno condicionan al país en una convivencia pa-radójica de desarrollo con regresividad social. Desde 1965 hasta fines de los años ochen-ta, por ejemplo, el Nordeste presentó un dinamismo económico superior al de los países más ricos del mundo. “La miseria sin embargo ha cambiado muy poco en este período, lo que significa que es posible avanzar económicamente y modernizar una sociedad sin me-jora social equivalente” advierte ella. El pasado esclavista fue la matriz seminal de esta conjunción esquizofrénica. Institucionalizando la convivencia entre desigualdad racial y apogeo mercantil, el esclavismo fue el estadio fundador de lo que vino después. En 1887, en vísperas de la Abolición, los liberales brasileños preveían un país en el cual la Repúbli-ca y la esclavitud coexistieran. “Antes, se intentó combinar cristianismo con esclavitud. El resultado fue una sociedad formalmente cristiana y una práctica opuesta. Después, libera-lismo con esclavitud, con libertades civiles sólo para la minoría. Finalmente, se asoció desarrollo con desigualdad estructural, con enorme concentración de la riqueza”, dice Emilia Viotti da Costa, autora de un libro indispensable para la comprensión del nacimien-to oficial de este Brasil que rechaza el pueblo: Da Senzala à Colônia.
Parece claro que el país inspirado en Don Lauro y Mata Grande no existe completo en ningún sitio. Ni en el pasado ni en el presente. Hace falta buscarlo a trozos, en la cosecha menuda de las palabras, como se dice en el sertão. Sin romancear una identidad pura y profunda, ni diluir la historia en determinismo telúrico, sino atento a las posibilidades con-tenidas en el entrelazamiento de la población con la cultura y el espacio, prohibidas por la óptica desterritorializada de un cosmopolitismo provinciano. Las partes van surgiendo aquí y allí en un punteo de guitarra, en la urdimbre de las charlas en las orillas, en los si-lencios rumiados a lo largo de muchas carreteras y mucho polvo.
En la orilla del agua o en el atardecer encarnado del sertão, el que teje la trama y decide pedir un poco más de calma o seguir viaje es él, el río. Cuando el caso en cuestión es Brasil, el San Francisco evoca su privilegio de maestro cuentero, de dueño de la más na-cional de todas las narrativas. En su cauce, viaja un río de historias (Ver la parte 6, “ESTACAS DE DIGNIDAD”). No solo porque atraviesa cinco Estados (Minas, Bahia, Pernambuco, Alagoas y Sergipe), conecta el Sudeste al Nordeste, el fechado a la caatin-ga, lo rico a lo pobre, alberga el 7% del país, 420 municipalidades y 97 pueblos en su ribe-ra. También es por todo ello. Pero, sobre todo, lo que le confiere ese talento privilegiado es algo más grande que sus 2.700 kilómetros de aguas empujadas desde la fuente de la Canastra en Minas Gerais, a 1.600 metros sobre el nivel del mar, hasta la desembocadura en la punta de Cabeço en Alagoas - capítulo oceánico de esa aventura sin fin. La prerro-gativa de enseñar y guiar a quien le busca es la corriente más profunda de todas las que buscan su vertedero sertanejo: la corriente de la historia brasileña. Ella lo convirtió en la principal referencia hídrica del país a lo largo de cinco siglos. Lo usó para ocupar el territo-rio agreste. Hizo de él carretera, energía activa, alimento abundante y, sobre todo, enseña fluida de una promesa de integración jamás erigida en práctica verdadera. Hoy de nuevo, como ayer, se le atribuye la misión redentora de saciar el sertão sediento de agua y de justicia (Ver la parte 4, “CAMINOS DE LA INTEGRACIÓN”). Como si él fuera la costura de nuestras dubitaciones y pendencias, el San Francisco asume el encargo. Y se echa des-de 180 metros de altura en la Cascada de Casca d`Anta, en São Roque de Minas, en busca de un destino para cuyo flujo es personaje, cronista y escurridero.

Río solidario. Imposible disociar la imagen del río de esa idea de búsqueda. Su desem-bocadura fue descubierta el 4 de octubre de 1501, día de San Francisco. Como el santo que le dio el nombre y que nació en una rica familia italiana, pero selló su conversión des-echando todos sus bienes para dedicarse a los pobres, la cartografía del río registra un itinerario semejante. Se desplaza desde el Sur desarrollado hacia la extremosa caldera nordestina. Es un chorro solidario - y solitario. El único gran vertedero que interconecta la cisterna brasilera formada por los suelos porosos de los chaparrales, y el paisaje convul-sivo del semi-árido más poblado del planeta, que habitan 16 millones de personas. Por cuenta de la geografía y del relativo ostracismo en los grandes ciclos nacionales - oro, azúcar, café, industria y, ahora, la globalización misma - su valle se ha vuelto también un abrigo generoso de supervivencias culturales (Ver la parte 5, “CAJITA DE MÚSICA”). La miseria y la descomposición ecológica amenazan resecar esa corriente valiosa, pero ella aún late en los caboclinhos, batuques, roncadeiras, são-gonçalos, carneiros, catiras y fo-lias de reis (Ver la parte 7, “CORRIENTE DE FE”). Es una constatación inexorable: la identidad tiene siempre una componente geográfica, cuya ruina denuncia el desplaza-miento de un país con relación a sí mismo. “Una cosa no existe sin la otra”, dice Sávia Dumont, escritora e ilustradora que coordina el proyecto Camino de las Aguas. “El uso sostenible del río y la preservación de las tradiciones locales son lados de una misma moneda.” La iniciativa que ella lidera, apoyada por el Ministerio de Medio Ambiente, reco-rrió el San Francisco este año para incentivar la creación de comisiones municipales de gestión de la cuenca. La medida está prevista en la nueva Ley de Aguas y puede favore-cer la intervención de las poblaciones ribereñas en la vida del río. “El primer paso para llegar a una comisión única del San Francisco es el despertar de la conciencia ecológica en las municipalidades. La puerta de entrada para ello es la cultura local”, dice Sávia.

Memoria viva. El San Francisco ya perdió el 95% del bosque de las riberas en su parte alta. La deforestación de las orillas se repite por todo el trayecto. El norte de Minas fue incorporado a la economía a mediados de los años 60, con la construcción de la carretera Belo Horizonte - Brasilia: el 75% de la vegetación de la región se encuentra destrozada. Después de Três Marias (1960), grandes embalses seccionaron su curso en los años 70, coincidiendo con el crecimiento de la irrigación y la disminución de las especies de pira-cema3 (Ver la parte 3, “LIBERTAD HERIDA”). El occidente bahiano se volvió un polo agrí-cola en la década de 80. En Minas, en los últimos 20 años, el 50% de los chaparrales fue transformado en carbón. La siderurgia consume allí 6 millones de toneladas anuales del oro negro - 40% de las cuales viene del corte de la floresta nativa. El resultado es una erosión diluviana, que arrastra 18 millones de toneladas de suelo hacia el cauce del San Francisco todos los años. Esto equivale a un cargamento de 2 millones de camiones. En Lagoa da Prata, Minas, a poco más de 50 kilómetros de la naciente, las cosas se hacen más explícitas. El nombre del municipio sugiere la existencia de marismas, reductos estra-tégicos del metabolismo acuático. Así era. “En el período de la reproducción de los peces, los cardúmenes iban rizando las aguas, rumbo a las nacientes” recuerda el pescador Al-bertino de Deus. En 1983, una encuesta identificó 32 lagunas de reproducción en el muni-cipio. Quedan nada más que ocho. La de Brejão no está incluida entre las que sobreviven, aunque su papel era decisivo. Durante la estación de las lluvias se desparramaba en una marisma de 500 hectáreas que interconectaba diversas guarderías con el río. Las fábricas de azúcar drenaron el terreno y plantaron caña. Los buritis que quedaron agonizan. “Hace 20 años que no venía aquí”, dice Don Albertino, inconsolable. “No me gusta ver” - las lá-grimas insinuándose detrás de los lentes de sol.
¿Qué hacer cuando grandes referencias culturales, geográficas y económicas parecen girar sin equilibrio, como si el barco de Don Lauro y Mata Grande encallara en la corrien-te? “Hay que contar historias para no morir. Hacer como Scherezada, la concubina de las Mil y Una Noches que cambiaba cuentos por su supervivencia del día siguiente”, dice el abogado Olavo Celso Romano. Verdadera enciclopedia de historias que él colecciona, publica y recuenta hace más de 20 años (ver la sección Leitura, Globo Rural 179, sept. 2000), Romano habla de lo que conoce: “Vine del campo a la ciudad a los 16 años. Viví en mi piel el desarraigo, que hoy es cosa planetaria. La globalización necesita un mercado de mil millones de consumidores. Es de buen tamaño para los dueños del mundo. Pero si somos 6 mil millones, hay 5 que sobran. Las personas buscan ansiosas su espacio. Echan de menos un sitio donde nunca han estado. ¿Es un sitio? No, un regazo. Un calor-cito de hogar, tiempo para cavilar, acogida”, piensa en voz alta. Ya publicó cuatro libros. Prepara el quinto. El tema es el compadre, ya muerto, Manuelzão - alter ego de Guimar-ães Rosa en Grande Sertão: Veredas. “Manuelzão conoció cinco estados en burro. Solo pedía información para las próximas tres leguas. Era el límite de lo confiable. La escala del mundo era de tres leguas. Hoy día todos los espacios están pegados. Pero solo existe espacio para fuera; falta espacio para dentro. El sertão es eso: sertão es recogimiento. Por ello la seducción que ejerce, así como las historias que se cuentan sobre él” dice el escritor. La charla acontece en la Escola Mineira de Viola. Hay alumnos de todas las edades y profesiones. Este consulado sertanejo está enclavado en el mercado central de Belo Horizonte, justo en el corazón de la ciudad. La naciente del San Francisco está 350 kilómetros lejos de allí. El sertão, o lo que queda de él, está aun más lejos. Sin embargo la música ocupa el recinto, como si el polvo de la nostalgia encandilara las fronteras y el sonido del berrante 4 nos recordara que la memoria es también un pedazo del futuro.

Local y global. La erosión cultural disuelve esa parcela del futuro responsable por la sin-gularidad. Por ello, perderla es un poco como morir en vida. El secuestro del territorio por el mercado actúa en el mismo sentido (Ver la parte 2, “ANTES DE LA MEMORIA”). “Los lugares se alienan de sí mismos. Se vuelven obedientes a la distancia. Sea a la bolsa de Chicago o a los patrones de manejo ambiental destructivos”, dice el geógrafo Milton San-tos, de la Universidad de São Paulo. En todo el mundo hay un redescubrimiento y una valoración creciente de las singularidades locales que proyectan su importancia en el futu-ro. Es un doble efecto de la globalización: de un lado, resistencia a la lógica de dilución; del otro, la incorporación de avances tecnológicos que ella propicia. La mezcla de identi-dad, la compactación de distancias y la multiplicación de los accesos reinscriben la sobe-ranía comunitaria en la agenda del Siglo 21. Y sugieren una nueva opción a la dicotomía clásica entre el viejo separatismo conservador y la integridad nacional. “Se puede pensar el futuro como una nueva federación de lugares, que radicalice la democracia y preserve las identidades locales. Una constelación de identidades así entrelazadas funcionaría co-mo una barrera a la velocidad y al desvarío de la globalización”, completa Milton Santos. La especulación del maestro, que tiene más de 30 libros publicados y fue galardonado con el Premio Internacional de Geografía Vautrin Lud, una suerte de Nobel en el área, incorpora la dimensión positiva de la fragmentación moderna, lastrada en la ampliación de las intersecciones físicas y culturales. Pero recusa la anomia y el destrozo derivados de la lógica exclusivista del consumo y del dinero. Territorio para el maestro no solo es un ma-pa. Así como el San Francisco no solo es un río. Y un pueblo no es un mercado, sino una interacción de gente, cultura, trabajo, memoria, política y fe –articulados en unidades de poder local. Un poco como el viejo pescador y su fiel compañero Mata Grande, que zarpan diariamente del puerto de Barra, allá en Bahía, apenas el sol toca la oscuridad. En tierra, nadie da nada por ellos: un viejo y un perro callejero. Pero, juntos, entrelazados al río y la camaradería que les une, ¡qué bella apuesta al futuro ellos simbolizan!